Nuestro Sistema Solar como nunca
El Webb no solo mira al universo lejano: también apunta «cerca de casa». Su visión infrarroja y su enorme sensibilidad revelan detalles de planetas, lunas y pequeños cuerpos que ningún otro telescopio capta desde la Tierra.
Un telescopio del cosmos profundo… mirando al patio de casa
Puede sorprender que un observatorio construido para ver las primeras galaxias se dedique también a fotografiar planetas que tenemos «al lado». Pero esa misma potencia —un espejo enorme y una visión infrarroja exquisita— lo convierte en una herramienta extraordinaria para el Sistema Solar. El reto es el contrario: los objetos cercanos son muy brillantes y se mueven, así que el Webb tiene que rastrearlos con precisión y, a veces, «entornar los ojos» para no deslumbrarse. A cambio, capta lo que las sondas no pueden ver en todo momento y lo hace de forma regular, sin esperar décadas a una misión.
Los planetas gigantes
- Neptuno. El Webb lo retrató con sus tenues anillos como no se veían desde que la sonda Voyager 2 pasó a su lado en 1989, junto a varias de sus lunas, incluida la mayor, Tritón, que brilla cubierta de hielo y refleja la mayor parte de la luz que recibe. En infrarrojo, la atmósfera de Neptuno muestra detalles de sus bandas de nubes de metano invisibles en luz normal.
- Júpiter. Captó en una sola imagen sus auroras en los polos —las mayores del Sistema Solar—, sus débiles anillos y dos pequeñas lunas. Un escaparate de lo que el infrarrojo puede sacar incluso de un mundo tan estudiado.
- Saturno y Urano. Ha fotografiado sus anillos con un detalle exquisito y ha estudiado sus atmósferas; Urano, en particular, luce sus finos anillos y su brillante casquete polar.
Las lunas y los mundos helados
Aquí es donde el Webb resulta más valioso, porque algunas lunas son hoy de los lugares más prometedores para buscar ambientes habitables:
- Encélado (luna de Saturno) lanza al espacio un chorro de vapor de agua colosal —de miles de kilómetros, mucho mayor que la propia luna— que alimenta uno de los anillos de Saturno. Ese vapor procede de un océano de agua líquida bajo su corteza de hielo: un objetivo de primer orden para la astrobiología.
- Europa (luna de Júpiter): el Webb detectó dióxido de carbono en su superficie que parece proceder de su océano interno, no de un aporte externo. Es información valiosa para misiones como Europa Clipper, que estudiará esa luna de cerca.
- Titán (luna de Saturno): observó sus nubes de metano en una atmósfera densa y anaranjada, con lagos y ríos de hidrocarburos líquidos en la superficie, el único mundo, además de la Tierra, con líquido estable en superficie.
Marte, asteroides y cometas
- Marte: el Webb midió su temperatura y estudió su atmósfera (rica en CO₂) en una instantánea de todo el disco del planeta a la vez, algo útil para ver el clima global.
- Cometas: detectó vapor de agua saliendo de un cometa del cinturón principal de asteroides, un tipo de objeto a medio camino entre asteroide y cometa, lo que aporta pistas sobre de dónde vino el agua de la Tierra.
- Anillos inesperados: mediante ocultaciones (cuando un cuerpo pasa por delante de una estrella) se han estudiado pequeños cuerpos lejanos, algunos de los cuales tienen sorprendentes sistemas de anillos propios.
- Defensa planetaria: observó el asteroide Dimorphos antes y después del impacto de la misión DART, ayudando a medir cuánto cambió su órbita: el primer ensayo de la humanidad para desviar un asteroide.
Qué se sabía antes del Webb (y qué aporta)
La mayor parte de lo que sabemos de los planetas exteriores viene de sondas: los sobrevuelos únicos de las Voyager y orbitadores como Cassini (Saturno) o Juno (Júpiter). Son misiones extraordinarias y de una cercanía imbatible, pero también caras, lentas y puntuales: una sonda visita un mundo y se marcha, o tarda años en llegar, y mientras tanto ese mundo queda «desatendido».
El Webb no las sustituye: las complementa desde lejos. Su espectroscopía infrarroja mide composición y temperaturas, detecta anillos y chorros muy débiles y permite vigilar fenómenos que cambian —auroras, estaciones, penachos de agua— cuando interese, sin depender de una misión dedicada. Y observa el disco entero de un planeta de una sola vez, ofreciendo una visión de conjunto que una sonda, demasiado cerca, no siempre tiene.
Los confines del Sistema Solar
El Webb también mira a los objetos más lejanos y fríos, allá en el cinturón de Kuiper, más allá de Neptuno: pequeños mundos helados, restos de la formación del Sistema Solar que apenas han cambiado en miles de millones de años. Estudiar su composición es como leer las páginas originales de la historia de nuestro vecindario, intactas desde su nacimiento. Y mediante ocultaciones —cuando uno de estos cuerpos pasa fugazmente por delante de una estrella lejana y la apaga un instante— se descubren detalles imposibles de ver de otro modo, como finos sistemas de anillos alrededor de cuerpos sorprendentemente pequeños, algo que hasta hace poco se creía exclusivo de los grandes planetas.
Por qué importa
Cada uno de estos datos ayuda a entender mejor las atmósferas, los climas y la actividad de los mundos del Sistema Solar, y muy en especial de las lunas heladas con océanos (Encélado, Europa), candidatas a esconder ambientes habitables más allá de la Tierra. Estudiar nuestro vecindario también nos da un punto de comparación para interpretar los exoplanetas: conocer bien Neptuno o Titán ayuda a leer la luz de mundos parecidos a cientos de años luz. Un telescopio pensado para el universo profundo resulta ser, también, una herramienta de primera para explorar —y, con DART, hasta para proteger— nuestro propio rincón del cosmos.