Apoyo a la defensa planetaria
La «defensa planetaria» es el esfuerzo por detectar a tiempo los asteroides que podrían chocar con la Tierra y, llegado el caso, desviarlos. El Webb echa una mano en esta tarea sorprendentemente terrenal.
Un riesgo real, aunque improbable
Alrededor del Sol orbitan millones de asteroides, y algunos pasan cerca de la Tierra: son los objetos cercanos a la Tierra (NEO, por sus siglas en inglés). La mayoría son inofensivos, pero la historia del Sistema Solar —y los cráteres de nuestro propio planeta— recuerda que un impacto grande, aunque muy improbable en cualquier año concreto, tendría consecuencias devastadoras. La extinción de los dinosaurios, hace 66 millones de años, se atribuye precisamente a uno de esos choques.
La buena noticia es que, a diferencia de otros desastres naturales, un impacto de asteroide es de los pocos que podríamos prevenir… si lo detectamos con suficiente antelación. De ahí la defensa planetaria, que tiene dos patas: encontrar y seguir los asteroides peligrosos, y aprender a desviarlos por si alguno viniera de frente.
El primer ensayo: la misión DART
En septiembre de 2022, la NASA estrelló a propósito la sonda DART contra Dimorphos, una pequeña luna de asteroide (de unos 160 metros) que orbita a otro asteroide mayor, Didymos. El objetivo no era destruir nada —Dimorphos no suponía ningún peligro—, sino realizar el primer ensayo real de la humanidad para cambiar la trayectoria de un asteroide mediante un impacto. Es la técnica del «impactador cinético»: golpear el cuerpo para frenarlo o acelerarlo un poquito y, con años de margen, conseguir que falle su cita con la Tierra.
El experimento funcionó, y mejor de lo previsto: el choque acortó la órbita de Dimorphos en torno a Didymos en varios minutos. Una parte importante de ese empujón vino del material expulsado por el impacto: al salir despedido, ese chorro de rocas y polvo actuó como un propulsor extra, multiplicando el efecto del golpe (es el llamado «retroceso», parecido al de soltar gases por una válvula).
Qué aportó el Webb
El Webb, junto al telescopio Hubble, observó el impacto y sus consecuencias desde el espacio, cada uno en su rango de luz:
- Vio el destello del choque y cómo el sistema se iluminó de golpe al levantarse una nube de polvo y rocas.
- Siguió durante días la cola de escombros que se formó tras el impacto, larga y brillante como la de un cometa, lo que ayudó a estimar cuánto material se expulsó (un dato clave para entender el «empujón extra»).
- Su mirada infrarroja, además, sirve para estudiar asteroides en general: estimar su tamaño, su temperatura y su composición. Saber si un asteroide es una roca sólida o un montón de escombros poco cohesionados es decisivo para planificar cómo desviarlo, porque no responden igual a un impacto.
Es un bonito ejemplo de trabajo en equipo: la sonda DART puso el golpe sobre el terreno, y los telescopios midieron el resultado a distancia.
Otras formas de desviar un asteroide
El impacto de DART (el «impactador cinético») es la técnica más madura, pero no la única que se estudia:
- El «tractor gravitatorio»: una nave pesada vuela junto al asteroide durante años sin llegar a tocarlo; su débil gravedad tira muy lentamente de él y, poco a poco, desvía su trayectoria. Es un método suave y controlable, pero necesita muchísimo tiempo de antelación.
- El empuje por calor: cambiar cómo el asteroide absorbe y reemite la luz del Sol (por ejemplo, alterando su superficie) genera un minúsculo empujón continuo que, con décadas de margen, basta para apartarlo.
- El último recurso nuclear: detonar un artefacto cerca del asteroide —no sobre él— para vaporizar una capa de su superficie, de modo que ese chorro de material lo empuje. Se reserva para los casos más grandes y con menos tiempo de reacción.
La clave de todas estas técnicas es la misma: cuanto antes se detecte la amenaza, menos hace falta empujar. Un desvío diminuto, aplicado con años o décadas de adelanto, se va amplificando hasta convertir un impacto seguro en un cómodo paso de largo; en cambio, si se descubre el asteroide con pocas semanas de margen, casi nada se puede hacer. Por eso la detección temprana —rastrear el cielo sin descanso para encontrar y seguir los asteroides cercanos— es, en realidad, la primera y más importante línea de defensa. Y es justo ahí donde un telescopio infrarrojo y sensible como el Webb, capaz de medir el tamaño y la composición de estos cuerpos, resulta más útil.
Por qué importa practicar con antelación
La inmensa mayoría de los asteroides cercanos, sobre todo los medianos (los que no acabarían con la civilización, pero sí podrían arrasar una región), aún no se han catalogado. Por eso se están construyendo telescopios dedicados a rastrear el cielo en busca de NEO. Y por eso conviene ensayar las técnicas de desvío ahora, con calma y sobre un objetivo inofensivo, en lugar de improvisar el día que detectemos uno con nuestro nombre. DART fue ese ensayo, y una misión europea posterior está estudiando de cerca el cráter que dejó para afinar los modelos.
Una lección de fondo
Que un telescopio diseñado para mirar las primeras galaxias del universo sirva también para ayudar a proteger la Tierra dice mucho de lo versátil que es el Webb, y de algo más general: la ciencia básica, la que parece más alejada de la vida cotidiana, acaba teniendo aplicaciones muy concretas. Entender cómo se mueven y de qué están hechos los pequeños cuerpos del Sistema Solar no es solo curiosidad: es, literalmente, una forma de cuidar nuestro planeta.